Cuando llevas años viviendo con una persona, cuando tus sueños y los suyos parecen ser y haber sido siempre los mismos, cuando con una mirada eres capaz de entender lo que dice, de sentir lo que siente y comprenderle hasta el punto de no necesitar las palabras, cuando los años te han hecho progresar y quizás ser mejor persona junto con esa otra, cuando no piensas en que ''pasaría sí...'',
cuando todas estas cosas ocurren y el Señor ha de llevársela porque sabía que ese era el momento, que ese era su día y esa su hora, cuando te quedas sóla, sin compañía, sin esa mirada que lo expresa todo, sin esos sueños y esos planes que llevaban tiempo esperando, sin esa persona que te empujaba a ser mejor persona... ¿qué se siente? ¿qué se siente al tumbarte y no poder abrazar a la persona que durante años ha compartido tu cama? ¿qué se siente al tener que preparar un único desayuno? ¿qué se siente cuando ya nadie te acaricia ni te besa? ¿qué se siente cuando ya no te seca el pelo la persona a la que amabas? ¿qué se siente cuando esperas que vuelva del trabajo y ya no vuelve?
... Creo que todo estos sentimientos solo sería capaz de explicármelos una persona que haya pasado por ello y con la ayuda de Dios haya conseguido superar toda la dura etapa que supone el duelo.
Y es que... debemos estar preparados, cualquiera puede ser el momento y cualquiera nuestra hora, Dios vendrá a buscarnos pero... ¿estaremos preparados?
Lo importante es que por encima de todo se cumpla la voluntad del Señor, que sintamos su presencia en los momentos más duros y que en ese período de sufrimiento que viene unido a la pérdida del ser querido sepamos que Dios siempre está ahí para nosotros, que oremos porque esos momentos duros sean reconfortados por los pensamientos de que pronto también nosotros nos reuniremos con Él y que lejos de ser egoístas pretendiendo estar siempre aquí abajo con esa persona, la dejemos proseguir su camino y llegar donde todos nos encontraremos en algún momento.